La Mecánica de la Certeza
Antes de que el humo de la Gran Guerra nublara el horizonte, los economistas clásicos operaban dentro de un sistema sin riesgo. Este paradigma se definía por un optimismo determinista en el que la economía era vista como una máquina autocorrectiva. Guiados por la lógica de la Ley de Say, se creía que si los ciudadanos ahorraban más y gastaban menos, la tasa de interés caería automáticamente, estimulando la inversión. En este equilibrio mecánico, el desempleo involuntario era matemáticamente imposible; el sistema, por diseño, producía resultados óptimos.
El Colapso Intelectual
El amanecer del siglo XX fue testigo de la muerte literal y metafórica de la vieja guardia. Entre 1911 y 1912, las muertes de Francis Galton y Henri Poincaré marcaron el fin de la lógica determinista. Este vacío fue ocupado por Albert Einstein, quien desmanteló la certeza absoluta de la geometría euclidiana, y Sigmund Freud, quien conmocionó al mundo al declarar que la irracionalidad es la condición fundamental de la vida humana. El universo ya no era un reloj: era una compleja red de impulsos psicológicos y verdades físicas relativas.
El Catalizador del Caos
La destrucción sin sentido de la Primera Guerra Mundial extinguió los últimos vestigios del optimismo victoriano. El campo de batalla demostró que los "resultados óptimos" eran un mito al enfrentarse al peso abrumador de la Suerte y el fracaso sistémico. Esta transición dio origen a una demanda desesperada de gestión de riesgos—ya no como una herramienta de optimización, sino como un mecanismo de supervivencia en un mundo que ya no tenía sentido lineal.